La suspensión de la incredulidad

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Ante tanta cara de incredulidad tras el periodo electoral (la de los votantes me sorprende, pero la de políticos me encanta), he caído en la cuenta de que nunca he hablado en este espacio con tanta ficción de la llamada suspensión de la incredulidad, un mecanismo que todo lector debe conocer. A ello voy.

Aunque en la actualidad se puede extrapolar a muchos ámbitos, véanse los procesos electorales, los videojuegos o las series televisivas, el término suspensión de la incredulidad se acuño hace bastantes años, concretamente en 1817 por el poeta Samuel Taylor Coleridge. Él pretendía poner nombre al efecto que cualquier obra literaria de ficción produce en el lector, es decir, que este asuma un papel dentro de la historia aunque sea consciente de que todo es irreal y sólo se encuentre plasmado en un libro, que el espectador aparte voluntariamente su sentido crítico y se sumerja en un universo nuevo.

Para conseguir esto Coleridge aludía a ciertas características que debía presentar una narración para que el lector accediese a dejar a un lado el mundo real mientras realizara la lectura, que ese pacto entre lector, obra y autor fuese manifiesto, que el escritor convenza y el lector se deje convencer para no echar a perder una experiencia estética, lúdica y/o intelectual. No es lo mismo empaparlo en fantasía épica (imposibilidad verosímil), que en una trama mafiosa o que embeberlo en un drama amoroso (imposibilidad probable), la construcción de esta atmósfera que active la credulidad de lo imposible es diferente dependiendo de cada caso.

Años más tarde la suspensión de la realidad ha ido haciéndose más compleja, quizá porque los lenguajes utilizados en las distintas creaciones culturales han evolucionado y se han diversificado. La televisión o el libro-álbum han incorporado la imagen, estática o en movimiento, en un proceso complejo que facilita ese acceso a la ficción y deje entender las reglas de ese juego que supone el universo creativo. En el ámbito televisivo se me ocurre citar a la exitosa Juego de tronos, una serie por la que millones de espectadores se han dejado seducir hasta el punto de impregnarse de una historia que, a pesar de destilar elementos imposibles, ha creado verdaderos entusiastas.

¿Y puede ocurrir que el lector suprima ese limbo de credulidad, que rompa ese contrato? Por supuesto, sucede no pocas veces ante una novela, una película o un videojuego. Tiene lugar cuando el autor sobrepasa el límite de la permisividad del receptor, es decir, agota un acto de fe. Un giro estúpido, una palabra malsonante, un suceso poco lógico…, hay tantos desencadenantes que esa es la razón de que tanto escritura, como lectura sean ecosistemas frágiles en los que es bastante complicado alcanzar la estasis, el equilibrio.

Para terminar con este prefacio (ya saben que la recomendación viene después), una curiosidad, pues me llaman mucho la atención todos aquellos personajes que han suspendido esa incredulidad totalmente para quedar supeditados por completo al mundo fantástico y que tanto abundan en la literatura. Unos entre los que brilla Don Quijote, protagonista de nuestra obra más universal.

Y si después de tanta perorata no han quedado hartos de creer en lo increíble, aquí les dejo un librito que tras una apariencia sencilla tiene mucha sustancia, pues ¿Y tú, qué crees?, un álbum de Marta Comín (editorial A buen paso), nos atrapa para hablar de los diferentes puntos de vista entre los miembros de una familia (Adivinen quién es el narrador). Y es que este libro colorista, de figuras planas, con detalles sugerentes, y juegos de troqueles y perspectiva, nos cuenta como cada uno creemos las cosas según nos dicte la propia experiencia, nuestros anhelos y deseos, la naturaleza, los prejuicios, los miedos, las supersticiones o la utilidad con la que las rodeemos.

Yo creo que es un título que abre muchas preguntas y nos da respuestas. Creo que hace pasar un buen rato tanto a pequeños, como a mayores (¿Verdad, Ana?). También creo que con él se pueden proponer un sinfín de actividades, en casa o en el colegio. Creo que… ¡Basta! Ya he creído demasiado ¿Y ustedes? ¿Qué creen?

FUENTE: DONDE VIVEN LOS MONSTRUOS

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