¿Por qué unos niños son entusiastas lectores y otros no?

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Una de esas preguntas recurrentes que aparecen de vez en cuando en los artículos de la sección de cultura en los medios (y que también genera debates, el compartir testimonios y acaloradas conversaciones en ocasiones) es la de por qué los niños leen o no lo hacen. De vez en cuando, aparece algún análisis que dice que los niños de ahora leen menos que los de antes (aunque algunos datos, deberíamos recordar, dicen que leen más). Otras son lamentos sobre resultados de exámenes de comprensión lectora. La lista de causas que potencian que se lance la pregunta es amplia y variada, pero la duda, en esencia, es siempre la misma. ¿Por qué no todos los niños se convierten en lectores?

La respuesta a esa pregunta es complicada. De hecho, no hay una razón única por la que los niños – y los adultos – no sean lectores, sino varias (y quizás, por mucho que nos duela a los que sí lo somos, deberíamos aceptar que no a todo el mundo le tiene que entusiasmar leer por ocio). Un reciente análisis de The Atlantic se centró en intentar responderla y en perfilar cuáles son esas explicaciones que sirven para comprender por qué unos acaban siendo lectores y otros no.

Se podría decir que en el análisis del medio estadounidense, que ha hablado con expertos en varias disciplinas vinculadas con la lectura, se pueden separar tres grandes bloques de razones para que los escolares se conviertan en lectores por ocio o para que no.

La primera es sociológica. Como explica una socióloga, Wendy Griswold, al medio, los patrones del lector acaban siendo “muy, muy predecibles”. Lo habitual es que sean urbanos y que tengan ingresos más altos. Al mismo tiempo, las niñas empiezan a leer antes que los niños y su hábito lector se mantiene desde la infancia a la edad adulta. Igualmente, alcanzar un nivel más alto de educación suele conllevar que sea más probable ser un lector y también el tener una casa llena de libros (y padres lectores, claro).

Pero no es el único elemento clave que explica por qué una parte de la población lee más que otra. Otro de los expertos con los que ha hablado The Atlantic apunta que la personalidad también impacta. Los introvertidos suelen ser más probables lectores que los extrovertidos. 

Y, finalmente, existe otro gran factor vinculado con la lectura y cómo se enfrenta a los niños con los libros. Pamela Paul, editora de libros para niños y que acaba de lanzar un libro sobre el tema, señala al medio que los libros no deberían presentarse a los niños como “espinacas” sino como “pastel de chocolate”. Dado que la lectura es buena (los estudios demuestran que los lectores tienen mejores resultados académicos), se intenta hacer que el niño lea sea como sea.

En la redacción lo vemos como el efecto “libro de lectura obligada”. Todas en la redacción tuvimos un libro de lectura en el colegio que nos apartó durante años de alguna literatura por su mala selección. Es el obligar a leer porque es lo que se tiene que hacer pero no verlo como algo que se tiene que disfrutar.

FUENTE: LIBROPATAS

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