Aunque en este siglo XXI tenemos ya una gran cantidad de libros sin texto, los llamados silent books, existen muy pocos artículos sobre ellos. ¿Será porque, como adultos, nos interesa más lo escrito que la imagen? ¿Será porque tenemos pocas herramientas para analizar estos libros desde su arte visual y nos quedamos en lo que ocurre en la historia? Siempre ha habido libros infantiles sin texto, por lo general, para ayudar a la expresión infantil mientras se crea un vínculo con la lectura. Los libros de Richard Scarry, los recargados y fascinantes de Rotraut Susanne Berner (en especial los de las cuatro estaciones), tan cercanos y distantes a la vez de aquellos de Martin Handford ¿Dónde está Wally? Pero también en los años ochenta teníamos obras como El muñeco de nieve de Raymond Briggs y un poco antes, en los setenta obras más conceptuales y sofisticadas como las de Bruno Munari y Iela Mari.

Los libros silentes no son álbumes a los que les han quitado el texto, son historias cuyo sentido se da a través de una serie de imágenes articuladas entre sí. Si anteriormente estos libros estaban en la categoría «para no lectores» porque, lógicamente, son libros que les ofrecen independencia a la hora de manejarlos y hacerlos parte de sus vidas, hace mucho que esos libros, básicamente imaginarios, han roto las fronteras. A Mitsumasa Anno en España, cuyos libros llegaron en los años ochenta se le colocó en ese estante de «no lectores» porque su adelantada idea de un libro infantil topó con una cultura más bien tierna donde la palabra álbum ni siquiera asomaba en nuestro panorama.

Hoy en día estos libros son para pequeños y grandes, no solamente para los que no saben leer. David Wiesner nos mostró la complejidad de un aparato visual sofisticado que no dejaba espacio para la invención y sí para la comprensión: al relacionar todas las imágenes se construye el sentido. Suzy Lee también hizo su enorme aporte con la trilogía del límite al usar incluso todo el libro como un espacio para articular las historias. Cualquiera de los libros silentes contemporáneos sitúa a los lectores ante una gran actividad cognitiva donde la observación detallada de las imágenes les lleva por diferentes caminos para conectar, combinar, asociar, vincular y unir las piezas de un puzle que convertirán lo pequeño en algo grande.

Me encanta esta cita de David Mckee de un viejo artículo titulado El libro álbum como medio:

En el libro, el escritor controla el orden en el que se revelan los hechos, pero el lector controla la velocidad a la que se reciben. El lector decide si quiere terminar el libro en una sentada o en varias lecturas. Los pasajes pueden leerse y releerse hasta que se comprendan, o simplemente por el placer.

Para nosotros, como mediadores, el libro silente es un doble reto pues tenemos que dejar a un lado esa costumbre de empezar por el texto para observar las imágenes y adentrarnos en su código. Esta es una entrada en la que exploro un tema fascinante que va a ser el protagonista del Club de Lectura por Correspondencia que vamos a tener en octubre y en noviembre y al que te puedes inscribir todavía. Tenemos un reto, el de cómo leer y analizar estos libros desde su parte gráfica, desde los recursos y herramientas utilizados para llevarnos de manera estética a las historias. Y tenemos cuatro libros maravillosos.

FUENTE: ANA TARAMBANA

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