El aislamiento social ha propiciado un maravilloso pico de demanda de los libros para niños. Pero ¿calará el pesimismo de nuestro mundo en el género? Un congreso digital ha debatido su futuro.

Los niños se han aburrido siempre, ¿no? Se han peleado entre ellos, han despertado a sus padres de la siesta de los sábados y han saboteado comidas en restaurantes buenos por pura desesperación. Algunos de ellos han llegado al extremo de aficionarse a la lectura por hastío y han terminado por encontrar un sentido a aquella soledad infantil. La semana pasada, al cabo de la prueba de tedio más ambiciosa nunca diseñada (seis meses sin colegio) la editorial SM ha organizado un pequeño congreso digital dedicado a la literatura infantil marcado por el coronavirus. «Los niños han leído más que nunca durante el confinamiento», decía la convocatoria del congreso. «Pero ¿cómo y qué leen y cómo lo harán en el futuro?».

La continuación de esa pregunta es sencilla: los niños de 2020, criados en un mundo pesimista y semiexcluidos de la vida social durante meses, ¿demandarán libros diferentes? «No lo creo. La literatura infantil siempre va sobre lo mismo, siempre expresa nuestra esperanza y nuestra capacidad de cambiar el mundo; incluso si no podemos vencer al villano, nos hacemos fuertes en la lucha, nos podemos reír del peligro y jugar con el destino», contesta Barry Cunningham, el editor que publicó en 1997 Harry Potter y la piedra filosofal. Cunningham, vestido casi de Albus Dumbledore, ha sido uno de los ponentes del congreso de SM. Su charla insistió en la misma idea: la esencia de rebeldía y alegría de la literatura infantil es perfectamente útil en tiempos oscuros.

«No es fácil escribir para niños», añade la escritora francesa Sophie Van Der Linden, autora de álbum[es] (editado por Ekaré). «Algunos autores han seguido siendo niños, otros los conocen bien y otros han construido una imagen idealizada de la infancia. Sus libros no son infantiles, sino nostálgicos. Y no creo que funcionen con los niños. Puede que sí con los padres».

Y continúa: «Desde que se inventó la literatura infantil ha habido periodos difíciles en lo que se ha querido ofrecer a los niños algo a través de los libros. Los libros favorecen la apertura a los otros y saben hablar a los niños de su sociedad. Los padres creen a veces que sus hijos crecen en una burbuja, al abrigo del rumor del mundo. Pero los niños oyen todo y tienen motivos para estar inquietos. ¿No es la literatura el modo de aclarar su reflexión, de aportar comprensión?».

La pandemia como tema

«Si vamos a lo concreto», explica Gabriel Brandariz, gerente editorial de SM. «habrá libros que traten el aislamiento. Primero porque los niños son como esponjas para el mundo que los rodea y necesitan explicaciones y segundo, porque es inevitable. Todo esto que hemos vivido es una situación muy literaria. Desde hace algún tiempo, existe un género de no ficción infantil, una evolución de los libros de divulgación de toda la vida, que se empieza a dedicar a la educación emocional. Supongo que veremos más libros de ese estilo en el futuro, aunque puede que sus lectores sean los padres más que los hijos».

«Pero las tendencias y los temas de moda siempre han existido, igual que han existido las obras que se pueden leer en cualquier época. Las que están bien escritas, tienen personajes en las que podemos reconocernos y nos ofrecen algo honesto en lo que los lectores pueden proyectarse».

¿Qué es entonces la mala literatura infantil? «En mi opinión, la edición de libros infantiles tiene demasiadas expectativas respecto al niño», contesta Van der Linden. «Queremos que lo maravilloso incluya un mensaje educativo y moral y eso suele funcionar mal. Una librera me contó de una madre que quería a toda costa hacer leer a su hija adoptada libros sobre el tema de la adopción. Sin embargo, la niña rechazaba estos libros. Cuando la librera le preguntó qué le gustaba, respondió que Tarzán. Ella sola había encontrado lo que necesitaba. Los libros que buscan demasiado frontalmente imponer un punto de vista a los niños a menudo no consiguen nada. La literatura debe seguir siendo un espacio de libertad. Si se confunden demasiado ficción y educación, desnaturalizamos la literatura».

«Me disgustan los libros que tratan al niño desde el punto de vista del adulto; los que fuerzan un significado en las cosas que pasan en la infancia. Creo que los buenos escritores infantiles hacen lo contrario: recrear lo maravillosa y aterradora que es la experiencia de crecer», añade Cunningham. Y termina Brandariz: «Este género es como todos. Tiene clichés: aparecen niños con pecas que son traviesos pero tienen un gran corazón y pasan el verano con sus abuelos… Nadie está libre de cosas así».

Otro cliché, muy propio de este tiempo, es el tratamiento un poco pusilánime del mal. Hace años, el novelista Santiago Roncagliolo se quejó de que ya no podía incluir brujas ni monstruos en sus textos infantiles porque los editores se habían vuelto asustadizos. «¡No, por favor!», responde Cunningham. «La lucha contra el mal y la aceptación e la diversidad son los dos grades temas de la literatura infantil. Sin villanos no hay viaje que seguir. Son mucho más importantes que los héroes».

«El miedo no es un asunto menor para los niños. Muy a menudo, el entorno del niño, para tranquilizarlo, niega el miedo: ‘no es nada’, ‘no hay que tener miedo’. El riesgo es que el niño calle sus miedos. Las historias van a dar nombres e imágenes a los miedos infantiles. El miedo se encarna entonces sobre un papel, sobre un objeto que controlamos, que es externo y a la vez nos podemos proyectar en él».

FUENTE: EL MUNDO

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