Mucho se habla de los libros de mayor impacto durante la última década, el siglo actual o el año que finaliza. Sin embargo, en todas estas listas se antoja ignorada una obra sin parangón, un título que ha marcado a fuego a toda una generación, y cuya influencia en la sociedad futura extrañamente podrá ser medida con la claridad y el detalle que merece. Nos referimos, indefectiblemente, al clásico mundial El pollo Pepe.

Publicada como Charlie, the Chicken en su versión original, vio la luz editorial en 1997, en el Reino Unido, gracias a la arriesgada apuesta de Macmillan Children’s Books. En mayo de 2017 se celebraban dos décadas de tal efeméride, aunque no en todo el mundo. Su periplo en España germina gracias a la visión de Grupo SM, que lo incorporaba a su catálogo en marzo de 1998, bajo la batuta de María Castillo, alcanzando cotas de perfección nunca antes vistas desde la dirección editorial de tan compleja adaptación. Nick Denchfield, a los mandos, y Ant Parker, en el asiento del copiloto, condensaron en esta pieza inmortal gran parte de la sabiduría literaria universal, salpicando de muescas clásicas y modernas cada carácter de esta inolvidable saga familiar.

Pese a alardear de un estilo marcadamente hiperrealista, en la tradición de un Turguéniev combinado con Denis Peterson, de un Dostoievski entroncando con Antonio López, o de un Quino con él mismo, consigue llegar a un público tan segmentado como masivo, gracias a su exacerbado minimalismo. Con una trama que reniega de los cánones Vonnegutienses, provocando reseñas en Amazon que acusan al conjunto de transitar «casi sin historia», la realidad es que los autores consiguieron que revisitaran sus páginas millones de nuevos y fieles lectores. En gran medida porque la obra impulsa a descubrir todas y cada una de las mismas, una y otra vez, con alborozo y frenesí. Aunque pueda inferirse en una primera aproximación que su estilo, basado en la detallada descripción de una realidad compleja, cotidiana e innegable, no deja nada a la imaginación, la técnica narrativa implementada permite a los lectores jugar con el suspense. De hecho, en esta época moderna de fastuosa exaltación de la innovación, nos encontramos ante un manuscrito diseñado combinando la más extrema sencillez semántica con la complejidad estructural suficiente para habilitar su lectura también entre dos o más lectores, ampliando palpativamente su audiencia original de manera magistral, para convertirlo en una sentencia intergeneracional. Se revela pues como un paradigma de creatividad, en el que los personajes cobran vida y virtualmente (además de realmente) sobresalen más allá de los límites que el continente permitiría tradicionalmente a la contenida narración.

Únicamente hilando fino y con malicia es plausible aliviar críticas negativas sobre la misma, e incluso aquellos que, diabólica y palpatinemente, tachan la trama de «alimenticia», o «salvajemente apendicular», se reconducen arrebatados por la sencilla felicidad epatadora que proyecta en el lector, por la emocionante aventura de descubrimiento que supone paladear el vagabundeo por cada cuartilla, y explotan extasiados y sin remisión por su contundente y expansivo culminar. En este siglo hiperconectado, donde para los enjuiciadores más incisivos una mala conclusión de la urdimbre degradan y arrojan a los pies de los lectores la más magnífica obra, El pollo Pepe corona sus livianas 10 páginas con un final redondo, que se abalanza sobre nosotros, desprevenidos ante tamaño clímax. Su solidez, metafórica y estructural, permite al clásico sobrevivir enfrentado incluso a los lectores más rebeldes o entusiastas con el contenido, algo imprescindible en una obra que te engancha, te torna adicto a su lectura una y otra vez, y te ilumina con cada nueva revisión, aun conociendo el cacareado final. Es un libro que se lee con los ojos tanto como se degusta con las manos, renunciando al formato digital en aras de una pureza editorial que concuerda perfectamente con su inapelable narrativa, y que lo inmortaliza aupándolo al registro de obra perdurable en el tiempo, capaz de confrontar desde la atemporalidad de su potente mensaje social las mayores agresiones y arrebatos que se le puedan ocurrir al más irracional de los lectores. Por no hablar del poder de la marca generada alrededor de su protagonista, presente en centros educativos y productos de todo tipo, tornando al personaje principal en héroe popular y prototipo icónico de una cultura toddler aún por desarrollar.

Solo 53 palabras, pero tan bien curadas como contundentes e inolvidables, han generado 24 ediciones, récord de reimpresión en su categoría y en muchas otras. Millones de unidades vendidas en todo el planeta (solo en nuestro país acecha lujuriosamente los dos millones) convierten este éxito sin paliativos en el sueño de cualquier autor, sueño como el que tuvo su creador, el profesor Denchfield, en el que se le apareció el protagonista, respondiendo al nombre de su padre. Bajo este onírico pistoletazo de salida restaba insuflar vida al paladín, determinando el camino del héroe más apropiado para un personaje cuyos progenitores definen como «confiado e ingenuo» pero «sin pelos en la lengua». Ambos padres creadores, que serendípicamente entraron en contacto en los albores de la década de los 80, formándose en la Academia de Arte de Bath, cohabitaron juntos, experiencia que se vislumbra en la huella plasmada en las consiguientes secuelas, episodios que, aun rayando a un gran nivel, no alcanzan la estudiada perfección semántica del original. Un original que dice mucho con muy poco y que, al contrario que otras obras maestras clásicas, se apoya en la universalidad de su mensaje para llegar a ser entendida incluso por los legos en la materia, gracias a la desmedida y alegórica explosión visual que ofrenda.

Racional e irracionalmente, una obra única, necesaria, para ser leída múltiples veces, lo que con sus millones de merecidos ejemplares vendidos, nos obliga a reivindicarla como cumbre, referencia y, en resumidas cuentas, la joya literaria moderna más infravalorada pero más influyente del siglo XXI. Con un éxito incomparable, pero ignorado por la crítica especializada, nosotros queremos hoy ponerlo en valor, ya que su legado alcanzará hasta el infinito y más allá.

FUENTE: JOT DOWN

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